Fundeso Madrid

Generosidad

Conferencia pronunciada por Rafael Guardans Cambó, Presidente Ejecutivo de Fundeso, en el VIII Encuentro Iberoamericano de la Sociedad Civil, celebrado en México DF en octubre 2006

 

Diversas Facetas de la generosidad

 

Quiero agradecer a los organizadores del VIII Encuentro que hayan tenido la deferencia de contar conmigo para participar en este Panel Plenario sobre la Generosidad, en su doble vertiente de tiempo y dinero.

 
Todos los que estamos aquí sabemos mucho de generosidad y cualquiera de ustedes podría sentarse en esta mesa para reflexionar largamente sobre esta virtud que, minuto a minuto, a través de decenas de millones de pequeños y grandes gestos, de fáciles y difíciles decisiones, permite que podamos vivir sobre la Tierra. Si no les falta paciencia a estas alturas del VIII Encuentro, ya en su recta final, voy a intentar enfocar la generosidad desde diversos puntos de vista
 
En una ocasión, el Doctor Watson se preguntaba sorprendido por qué hay gente buena y gente mala. Sherlock Holmes le respondió: “Hay árboles, mi querido Watson, que después de crecer normalmente hasta cierta altura, de repente comienzan a desarrollar formas extravagantes, que de hecho son las mismas que tienen los árboles de los que descienden. Lo mismo puede verse entre los seres humanos: durante su desarrollo el hombre representa toda la larga serie de sus antepasados y toda inclinación súbita hacia el bien o hacia el mal debe atribuirse a alguna poderosa influencia recibida de sus antecesores. El individuo viene a ser, por decirlo así, el compendio de la historia de su propio linaje”
 
Quizá no debemos ser tan deterministas como el gran detective de Baker Street, pero no cabe duda de que la generosidad es una flor que se da mal si no tiene un ambiente mínimamente favorable; necesita contar con “el propio linaje”, como dice Holmes, que sería la carga genética, la educación y el ejemplo visto en casa, o modelos sociales a los que imitar, o todo eso combinado. Sea lo que fuere, lo bueno de la generosidad es que crea adicción, y cuanto más generoso se es, más sentido tiene para cada uno el seguir siéndolo.
 
En el número de noviembre de 2004, BusinessWeek publicó su informe “Philanthropy 2004”, en el que daban cuenta detallada de los 50 donantes más importantes en los Estados Unidos. Para mi sorpresa, en un recuadro resaltado, con amplia información y foto, el estudio se refiere a Albert Lexie, un limpiabotas (lustra zapatos) de Pittsburg. En 1981 Lexie se sintió removido por un programa de televisión solicitando donaciones para un hospital infantil; rebuscó entre sus ahorros y de una vez aportó USD 730. Desde entonces la generosidad ha sido el  verdadero sentido de su vida, y él, que vive sobriamente con unos USD 10.000 al año, ha aportado desde entonces otros USD 90.000 al hospital infantil a base de ahorrar muchas, pero muchas, propinas. Según mis cálculos esos 90.000 vienen a ser unos USD 4.000 al año; como BusinessWeek dice que Lexie lustra unos 15 pares de zapatos al día, y aun sin saber cuántas vacaciones se toma nuestro amigo, grosso modo, podemos calcular que durante estos 23 años ha dedicado a filantropía algo así como USD 1 por cada par de zapatos lustrado, que viene a ser el 30% de sus ingresos… ¿no hablábamos hace un momento de la adicción que crea la generosidad? ¡Pues vaya un ejemplo!
 
Imagino que el dato nos ha dejado a todos pensativos,  y quizá nos ha dado vértigo hacer una sencilla regla de tres entre la generosidad de este hombre y la nuestra. ¡Qué difícil es ponernos en piel ajena! Oí contar una vez que un catalán muy generoso –donó una gran colección de pintura y promovió varias instituciones culturales- habría comentado a un buen amigo algo asó como: “algunos intentan calcular mi fortuna pensando cuánto necesitarían tener ellos para donar tanto como yo dono y, claro está, ¡no les salen las cuentas!”.
Ojalá la magnanimidad de los demás nunca empequeñezca nuestro corazón.
 
El otro dato interesantísimo de ese informe de BusinessWeek es que el 60% de los USD 249 millardos (como saben, la Real Academia admitió hace unos años el término millardos para referirse a los miles de millones; sería lo equivalente a los billions anglosajones, que como sabemos tienen poco que ver con los billones en español) destinados en 2003 por particulares norteamericanos a causas filantrópicas, procede de familias con ingresos anuales inferiores a USD 100.000. Quizá algunos estarán pensando que el sistema tributario de los Estados Unidos tiene mucho que ver con estas impresionantes cifras, y no les falta razón, pero no nos engañemos, sólo por una fiscalidad favorable no se produce una movilización de esas dimensiones.
 
Además de una buena fiscalidad, hace falta, como veíamos al principio, un ambiente favorable y sin duda en el gran vecino el Norte ese ambiente existe desde hace muchos años… como mínimo desde que (como  ya he  comentado en  otra de las sesiones) en 1899 Andrew Carnegie (el primer gran filántropo moderno, de origen escocés-americano, hombre hecho a sí mismo y que a los 65 años se retiró de sus negocios para dedicar el resto de su vida a la filantropía) publicó su "Gospel of Wealth" (La verdadera riqueza). En él expone el punto de vista según el cual los industriales como él son meros custodios temporales de la riqueza y tienen la obligación de redistribuirla. Carnegie, su generosidad y la fuerza de sus reflexiones, supuso un hito en la historia de la filantropía; detrás de él vinieron los Rockefeller, y tantos y tantos millonarios marcando una senda que nadie podrá borrar. Pero al mismo tiempo, y eso es casi más importante, detrás de Carnegie vinieron también millones de ciudadanos de clase media con el compromiso de construir el bien común.
Todos, ricos y no tan ricos, con el convencimiento que les daban las solemnes plabras del preámbulo de la Constitución: “We the People of the United States…” , todos –decíamos- movidos por una misma gran visión de participar –con el esfuerzo de cada uno- en la construcción de un mundo mejor.
 
Volviendo a los USD 249 millardos donados por particulares norteamericanos en 2003, es notable ver que esa inmensa suma lo es tanto en números absolutos como relativos, pues supone más de el 1% del PIB de aquel país. Quizá nos ayude a valorar esa cifra alguna referencia comparativa; según el estudio de la Universidad John Hopkins, de Baltimore, en el período 1984-2000, la filantropía privada en Europa,  apenas llegó al 0,3% del PIB en Francia y en Italia. No tengo los datos de España pero creo recodar que estábamos ante porcentajes similares.
 
¿Y América Latina? Desde 1985 viajo a una media de 4 países latinoamericanos por año, y reconozco, lleno de satisfacción, que en todos los países he palpado la generosidad con mis manos, en dimensiones que a veces me han impactado profundamente. Sería imposible traer a colación todos los casos que me vienen a la cabeza, pero al menos querría referirme a dos de ellos, el primero colombiano, y el segundo mexicano, por considerarlos paradigmáticos.
 
El caso colombiano es, como no podía ser de otro modo, el de la familia Carvajal que hace ya más de 40 años (cuando nadie hablaba todavía de stakeholders ni de Responsabilidad Social Corporativa) donó más del 40% de las acciones de la empresa familiar (en aquel momento una de las diez empresas más importantes de Colombia) a una fundación, con el mandato expreso de que ésta debería dedicarse exclusivamente a desarrollar programas en beneficio de personas ajenas a la empresa.
 
La adicción de la que venimos hablando, generada por tanta generosidad, llevó a D. Manuel Carvajal (de quien Peter Drucker afirmaba que era el mejor modelo de empresario social que había conocido en toda su vida) a animar a algunos de sus amigos colombianos a ser más generosos con sus abundantes recursos. No siempre tuvo éxito D. Manuel en su campaña, y un día, cansado ya de la resistencia de uno de ellos decidió sacar la artillería pesada, y le contó un cuento: Iban paseando por el campo una vaca y un cerdo, cuando de repente el cerdo interpeló a la vaca: “¿por qué a ti todos te tratan con tanto respeto y yo, en cambio, no salgo de cerdo, cochino o marrano?” La vaca se quedó pensativa y al rato le respondió: “¿Será quizá porque yo doy en vida todo lo que puedo, y, en cambio, tú no das nada hasta después de muerto?”.
 
Como dice el refrán, “A buen entendedor, pocas palabras bastan”. Y esta vez el mensaje dio en la diana y nació una nueva fundación en Colombia.
 
El otro ejemplo que quiero traer a colación lo considero digno de mención no sólo por ser Mexicano, sino por la genialidad del concepto; me refiero a la adquisición por parte de un grupo de entidades privadas, lideradas por Manuel Arango Arias y la Fundación para la Educación Ambiental, de la Isla del Espíritu Santo –la más bella del Mar de Cortés, según dicen los expertos- para cederla al Estado y garantizar de este modo su preservación medioambiental.
 
Me parece que la mejor manera de valorar la excepcionalidad del caso es tomar las palabras que el Presidente Fox pronunció el 24 de febrero de 2003:
“Estoy verdaderamente contento de estar aquí con ustedes para celebrar el nuevo destino que ahora tiene la Isla Espíritu Santo, este es, sin duda, un evento de especial trascendencia, único y ejemplar en nuestro país, puesto que nos engrandece como seres humanos, porque enriquece nuestro patrimonio nacional, porque garantiza la conservación de sus especies y los recursos naturales”.
“Este proceso de rescate ha sido único, diferente, se constituye en un ejemplo de diálogo y concertación en el que no sólo hemos recibido el apoyo amplio de los ejidatarios, sino que también ha sido el primer proceso de expropiación en México que es apoyado en su gestión y financiamiento por organizaciones civiles”.
“Reitero mi reconocimiento a la corresponsabilidad, a la participación de la sociedad civil en esta nueva fórmula para el rescate y conservación.
Reconozco, particularmente, a Fundación Mexicana para la Educación Ambiental y conservación del territorio insular mexicano, a The Nature Conservancy, al Fondo World Wildlife, a la Fundación de la familia Walton, a la Fundación de David and Lucile Packard. Los felicito a todos por contribuir a preservar a Baja California Sur y a México”.
 
Creo que poco más podría decir yo para glosar la importancia de esta generosa y novedosa iniciativa.
 
A pesar de muchas individualidades gloriosas, las cifras globales de la filantropía latinoamericana no son muy alentadoras y me temo que harían falta muchos cuentos de D. Manuel Carvajal, con vacas y cerdos reflexivos, para cambiar la tendencia. Según el mismo estudio al que me refería antes, las donaciones privadas apenas llegan, sobre el PIB, al 0,04% en México, al 0,03% en Perú, al 0,3% en Colombia y al 0,4% en Argentina. Quiero pensar que esta información no es completa, y que la realidad es más generosa. Imagino que la falta, en la mayoría de estos países, de un sistema tributario suficientemente estructurado no permite calcular la realidad de la filantropía privada latinoamericana con la precisión con la que se puede hacer en Estados Unidos o en la mayoría de los países europeos. Por otra parte, y como en estos días ha venido explicando Marcos Kisil, Director Presidente del Instituto para el Desarrollo de la Inversión Social (Sao Paulo), hay mucha generosidad privada que no llega a buen puerto y que podría ser optimizada si se le prestase la debida atención. En cualquier caso, convengamos que aunque mejoremos esas cifras, queda mucho por hacer.
 
Quizá al oírme decir esto, algunos de ustedes estarán pensando en Carlos Slim, en Gustavo Cisneros o en otras grandes y conocidas familias latinoamericanas. Pues a decir verdad, yo no quiero pensar en ellos en este momento, no, No me preocupa la generosidad de la veintena de latinoamericanos que aparecen entre los 400 hombres más ricos del mundo en la lista de Forbes, ni de los 20 que les seguirían en ese honor, porque por más que hagan, ellos no cambiarán ni la tendencia, ni las macrocifras de América Latina. El cambio, el verdadero cambio sólo vendrá si conseguimos sembrar semillas de generosidad en los millones de hombres y mujeres que son como Albert Lexie (nuestro amigo limpiabotas de Pitsburg); millones de ciudadanos que quizá todavía no han encontrado un ambiente favorable que les ayude a convertir la generosidad en la razón de ser de su vida.
 
Con el permiso de ustedes, querría dar un salto a otro asunto que aunque parece ajeno, no lo es, y es el de las remesas de los millones de latinoamericanos que trabajan fuera de sus países. Me preocupa (y como a mi a mucha otra gente) que esos flujos de dinero puedan estar consagrando, en un ambiente de consumismo inútil, una total desconexión entre la calidad de vida y el esfuerzo personal. Decía en una ocasión el profesor Sala-i-Martí, de la Universidad de Columbia, NYC,  que no consta en la historia de la economía que un país haya salido de la pobreza sólo en base a ayudas externas. Pues bien, mi temor es que los flujos de remesas –que superan con creces toda la Ayuda Oficial al Desarrollo de los países de la OCDE y en ocasiones también toda la inversión directa- puedan acabar castrando generaciones enteras de jóvenes y no tan jóvenes, que en lugar de producir “o rebuscar” (como se dice en algunos países), esperen salir de la pobreza sentados frente a las puertas de sus casas sólo en base a esas ayudas externas.
 
Pienso –quizá sueño- que bastaría con inocular el virus de la generosidad y de la construcción del bien común entre esas personas (tanto entre los que mandan como entre los que reciben las remesas) para que este proceso dejase de ser tan perverso. He conocido modelos, me vienen a la cabeza casos en El Salvador y en Filipinas, de sistemas encaminados a canalizar parte de las remesas hacia proyectos sociales o a infraestructuras comunitarias ¿No sería más lógico así? ¿No deberían, tanto el Estado como el Tercer Sector, tomar cartas en este asunto y diseñar campañas de sensibilización?
 
Y de nuevo les pido permiso, para saltar a otra pista, esta más lejana todavía a lo que sería el hilo conductor tradicional de unas reflexiones sobre generosidad. Hasta ahora hemos hablado de generosidad desde diversos puntos de vista, pero yo querría llamar la atención sobre la importancia de que la generosidad, en la encrucijada del mundo en la que nos encontramos, sea imaginativa y valiente, que no responda siempre a modelos aceptados, que no tema asumir un cierto nivel de riesgo.
 
No sé cuántos de ustedes han oído hablar del Profesor C. K. Parlad, de la Universidad de Michigan, y sus teorías sobre la base de la pirámide. Pues bien, hoy por hoy es esta una de las teorías más atractivas sobre la lucha contra la pobreza en el mundo, y consiste en sostener que la clave del cambio está en incorporar al mercado a los 4.000 millones de habitantes que están en la base de la pirámide socioeconómica mundial, y subsisten con menos de USD 4 al día.
 
Hace ya años el admirado Stephan Schmidheiny, fundador de AVINA entre otras muchas iniciativas filantrópicas, afirmaba en esta misma línea que esos millardos de hombres y mujeres viviendo en la pobreza suponen, además de un problema moral de gran magnitud, el patente fracaso de un mercado desatendido, un inmenso lucro cesante que pone en cuestión la capacidad y el sentido empresarial de los países ricos.
 
Pues bien, el profesor Parlad, y con él la gente que trabaja sobre ese concepto, sostiene que la solución vendrá por diseñar mecanismo que conviertan a esos miles de millones de seres humanos en consumidores de bienes y servicios. No hay que pensar que los únicos productos y servicios aptos para ese inmenso mercado son versiones simplificadas u obsoletas de los ofertados a los mercados de los países desarrollados. No, no es así porque lo que caracteriza a la base de la pirámide es precisamente que ésta responde a unas necesidades insatisfechas, a una demanda de productos y servicios nuevos en un ámbito que podríamos considerar como ajeno al consumo. Para llegar a ese mercado, la novedad –o revolución, según como se mire- no sólo deberá abarcar a los productos y servicios en sí mismos, sino también a los modelos de negocio y a las formas de organizarse.
 
La difusión de la energía solar sería un buen ejemplo, ya que no se trata de algo obsoleto que los países ricos reciclan en el sur, sino de algo que entra con dificultad en el norte -porque la energía no es allí una necesidad insatisfecha-, y que en la base de la pirámide puede resultar una ventaja comparativa que permita producir a precios más competitivos. En muchas ocasiones la entrada de una empresa en la base de la pirámide requerirá la mediación de ONG u organizaciones comunales, que en un espíritu win-win ayuden a entender las características precisas de la población y de sus necesidades. ¡Un verdadero encadenamiento de sinergias!
 
Quizá más de uno se estará preguntando que a dónde quiero con esta digresión que parece se alejan de lo tratado hasta ahora. Pues bien, como decía más arriba, creo sinceramente que la generosidad en el Siglo XXI puede ir también orientada, con imaginación y visión, a apoyar iniciativas novedosas que pueden tener gran impacto social. Es generoso el que responsablemente invierte sus recursos en operaciones empresariales de este tipo, con alto riesgo y alto impacto social.
Si su valiente apuesta resulta un éxito no dudo que sabrá reinvertir adecuadamente sus ganancias.
 
Como están ustedes cansados después de tantas sesiones plenarias, mesas y grupos de trabajo, y todavía nos quedan unas horas de VIII Encuentro, me voy a permitir recapitular para que estas reflexiones queden un poco menos desordenadas en sus mentes: hemos compartido estos quince minutos con Sherlok Holmes y sus árboles retorcidos, con Lexie el limpiabotas generoso de Pittsburg y con D. Manuel Carvajal, modelo de empresario social para Peter Druker. Hemos escuchado a la vaca y al cerdo reflexionando sobre cómo conseguir un buen nombre, henos admirado a los empresarios mexicanos comprometidos generosa e imaginativamente con el medio ambiente, y nos hemos parado a pensar que el cambio vendrá cuando millones de latinoamericanos, como Lexie, descubran la adicción de la generosidad. Por último hemos saltado a dos ámbitos peculiares como el de las remesas y el de la base de la pirámide.
 
Seamos generosos, busquemos siempre sembrar generosidad a nuestro alrededor. ¡No nos cansemos de ser generosos!
 
Gracias
 


27/09/2010 - 10:33:28